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lunes, 23 de mayo de 2016

PARÁBOLA DE LOS COCODRILOS Y LOS ÑUS

Publico a continuación el prólogo que escribí para Lluvia de fango, el nuevo libro de Maite Pagazaurtundúa. En él la autora reúne artículos de prensa sobre temas relacionados con el terrorismo de ETA, sus cómplices, sus justificadores, el comportamiento de los vecinos en épocas de acoso y asesinatos, la distorsiones del discurso público, etc.


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PARÁBOLA DE LOS COCODRILOS Y LOS ÑUS

Yo, que pude haber nacido filipino o congoleño, o simplemente no nacer, vine al mundo en una ciudad del País Vasco. Nunca hasta la fecha me pareció meritoria esta circunstancia decidida por la casualidad. Tampoco la oculto ni la rechazo. En todo caso, si un día me doblegara a sentir orgullo, este provendría exclusivamente de algo que yo hice o conseguí, o de algo que hicieron o consiguieron personas por mí estimadas, no de una simple salpicadura del azar.
Disto mucho de ser un desapegado. Repaso de vez en cuando, como cualquier hijo de vecino, mi repertorio de emociones, algunas suscitadas por hechos (siempre positivos, nobles, generosos) sucedidos en mi tierra natal. Ya en la infancia me acostumbré a llevar con naturalidad mis apellidos. En realidad, con el primero agregado al nombre de pila tengo suficiente para andar por la vida. A mí no me van los ruidos genealógicos. Conozco paisanos míos que en razón de su origen, del idioma materno o de la opción política por ellos abrazada se consideran miembros de un pueblo. No pocos de ellos se pintan rayas para parecer cebras. Y así, pasan de Carmelo a Karmelo, de Fernando a Pernando, o favorecen el segundo apellido por ser el primero más castellano que las gárgolas de la catedral de Burgos. Este esfuerzo asimilatorio de eliminación de huellas indeseadas se ha dado mucho en la historia de las naciones. Napoleón era corso, Hitler austriaco, Goebbels cojo, Stalin georgiano y casi todos ellos, bajitos.
Tengo, pues, cierta prevención contra la palabra pueblo. El concepto entraña la sacralización de una comunidad, a veces de un sector social; en cualquier caso, de un grupo selecto en virtud de algún criterio de pureza, ya que cualquiera no pertenece al pueblo aunque pise las mismas calles que sus integrantes. Siempre se aplica un filtro que separa a los auténticos de los intrusos y los indeseables. La historiografía demuestra que no ha habido en el mundo un solo crimen de lesa humanidad que no se haya cometido para salvar, defender, liberar a un pueblo. ¿A quién puede extrañar que no se hable del pueblo humano? El concepto de pueblo implica la existencia de un enemigo, advenedizo o extranjero. Si fuera un concepto englobador, no designaría nada.
Se trata en definitiva de que los puros se queden ellos solos en su paisaje puro, con sus costumbres puras, su bandera y su ortodoxia. Consideran que para lograr dicha finalidad deben suprimir al distinto y, entre los de su especie, al disidente. Dicha supresión adquiere a veces dimensiones criminales, sin dejar de contener las variantes punitivas previas: discriminación, silenciamiento, calumnia, acoso, expulsión de la comunidad, etc. No otra cosa ha sucedido desde hace varias décadas donde yo nací.
En el País Vasco se ha aplicado el filtro excluyente, durante largo tiempo y de forma organizada. Todavía se sigue aplicando, aunque desde 2011 sin la dimensión culminante de la violencia. La llamada izquierda abertzale alienta y justifica este empeño de obvia índole totalitaria, nunca del todo condenado con claridad, sin pelos en la lengua, por las distintas intensidades del nacionalismo vasco. ETA, que a estas horas aún no se ha disuelto ni desarmado, se reservó la parte mayor del proyecto criminal en nombre de la idea abstracta de un pueblo al que tuteló sin haberlo consultado previamente.
De hecho, la filial política de ETA jamás obtuvo, desde que hay sufragio universal en España, un respaldo mayoritario en las urnas salvo en zonas concretas con ocasión de comicios municipales, por regla general en localidades de fácil control ideológico de la población. Quizá el pueblo vasco sí respaldó a ETA, pero para llegar a dicha conclusión por fuerza debemos entender por pueblo vasco el conjunto de ciudadanos que respaldaron a ETA.
El miedo sojuzgó a una gran parte de la sociedad vasca durante largos años. El miedo, como bien se sabe, no es privativo del género humano. He visto en diversos documentales de televisión dedicados a la fauna africana imágenes de ñus mientras atravesaban en manada un río infestado de cocodrilos. Los reptiles lograban abatir con sus mandíbulas poderosas unas cuantas presas. Las demás, ¿se detenían a defender a sus congéneres? ¿Protestaban? No. El resto de la manada, espoleado por el pánico, corría a ponerse a salvo en la orilla opuesta y después se paraba a comer hierba como si tal cosa. El episodio me sirve de parábola para referir la actitud de muchos ciudadanos del País Vasco en su flagrante desentendimiento de la tragedia vivida a su lado por cientos de víctimas. Eso sí, con una diferencia notable respecto a los ñus, ya que estos al menos tienen la decencia de no arrear palmaditas aprobatorias en el lomo de los cocodrilos. En el País Vasco no sólo se fraguó y alimentó el terrorismo de ETA, sino que este obtuvo un apoyo continuado en las instituciones y las calles, así como en el mundillo cultural.
El miedo induce a la pasividad y la cobardía; pero a él se sumaron otros factores que contribuyeron en no menor medida a crear el “fango moral” descrito por Maite Pagazaurtundúa en uno de los artículos contenidos en el presente volumen. Pienso que la metáfora del fango ilustra un formidable fracaso colectivo de la sociedad vasca, dentro del cual, claro está, a unos les corresponde un grado de responsabilidad y de culpa mayor que a otros. Y también creo que el referido fracaso se prolonga en el silencio interesado, en la cínica pasada de página que postulan algunos hoy día con el cálculo político de minimizar lo ocurrido, denominando paz a una situación netamente desfavorable para aquellos que persisten en su condición de víctimas del terrorismo y no han recibido, por tanto, ni reparación ni justicia.
Aún queda pendiente la tarea prioritaria, asumida hasta la fecha por un número limitado de conciencias solidarias, de levantar testimonio de lo ocurrido; tarea complementaria de una labor no menos importante de análisis y reflexión. El empeño, en cualquier caso, debería tratar de fijar la verdad del sufrimiento padecido, así como de las causas, estrategias y argumentos que sostuvieron la acción sistemática del terrorismo de ETA y la mitología sentimental que generó.
Sumamente valiosa se me figura en tal sentido la aportación siempre lúcida y ponderada de Maite Pagazaurtundúa, quien, como es sabido, sufrió de lleno la crueldad de una organización totalitaria dedicada a la práctica del mal como instrumento para el logro de fines políticos. Quien lea sus artículos comprobará que no hay en esta mujer valerosa pulsión vengativa ninguna: antes al contrario, su escritura pone de manifiesto un denodado afán de equidad, además de un bagaje cultural extraordinario y un talante democrático impecable.
Como afirma Maite, la lucha se juega ahora principalmente en el terreno del lenguaje entre los partidarios de la verdad histórica y el Estado de Derecho, y los difusores de ambigüedades y mentiras encaminadas por una parte a borrar las huellas de un periodo de sangre derramada en nombre de convicciones que aún profesan; por otra, a hacer pasar por heroico lo que no fue sino una mera sucesión de atrocidades.