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martes, 26 de enero de 2016

UNA LECTURA DE SVETLANA ALEXIÉVICH

Svetlana Alexiévich



Le fue concedido el último Premio Nobel a una tal Svetlana Alexiévich. ¿Cómo dice usted? Su nombre no me sonaba ni por el forro, de lo cual, claro está, la escritora no tenía la culpa, sino la ignorancia del menda. En Alemania había sido premiada con anterioridad y era conocida. Así pues, no tengo excusa. Le debo al Premio Nobel algunos descubrimientos impagables. Canetti en su día, Szymborska años más tarde. Siempre me ha parecido buena señal que lo obtengan escritores (por mí) desconocidos.
Aprovechando que me habían regalado para Navidad un vale de librería, me compré, entre otros, dos libros de Svetlana Alexiévich. Acabo de leer el primero, en alemán: La guerra no tiene rostro de mujer. No entiendo el ruso, así que lo tenía que leer en versión traducida y sabía, por una reseña que había leído por ahí, que la traducción alemana es excelente. El nombre de la escritora aparece en la cubierta de la versión alemana escrito como Swetlana Alexijewitsch. Los periódicos españoles difieren a este respecto unos de otros (Alexiévich con o sin tilde, Aleksievich, etc.) En fin, no importa.
Este que digo es un libro testimonial. También es un libro reivindicativo. Reúne (exactamente como Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco) textos transcritos de numerosas grabaciones. En el caso de Alexiévich, dichos textos proceden de las revelaciones confidenciales de mujeres soviéticas (por tanto, no sólo rusas) que participaron activamente en la defensa de su país contra la invasión nazi-alemana. Se trata en muchos casos de testimonios estremecedores. Atrocidades, sangre, frío, hambre, penuria, dolor, muerte: no falta de nada en este crudo plato de sabor más periodístico que literario. También hay pasajes más amables sobre vivencias heroicas, incluso amorosas, risueñas y compasivas, en medio de las incesantes escaramuzas y batallas.
La idea básica (el criterio de selección de las sucesivas intervenciones) es reconocer la asendereada y heroica participación de innumerables mujeres en la guerra, silenciada durante décadas por la historia oficial. Alexiévich (y esto me gusta mucho de ella) no incurre en el típico feminismo superficial. Su firme compromiso con la verdad la exime de la quejumbre al uso. También la claridad y hondura de pensamiento. De hecho, el libro empieza con una reflexión excelente.
A mi juicio, el problema que presenta este tipo de obras es que, a partir de cierto momento, resultan repetitivas. Leído un centenar de declaraciones, uf, llega el inevitable cansancio. Quizá un libro de estas características no debiera leerse como una novela, sino dosificando la lectura, repartiéndola en días. Sea como fuere, mi impresión ha sido altamente positiva y ya estoy deseando adentrarme en el siguiente libro de Svetlana Alexiévich.