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jueves, 15 de diciembre de 2016

Gregor Samsa, humano hasta el final



Ilustración de Björn Barends

En el curso de una conversación, Milan Kundera le preguntó a su interlocutor si había leído a Kafka en alemán. Este respondió que no y Kundera, categórico, le dijo: “Entonces usted no ha leído a Kafka.”
A mí se me figura que, en el caso concreto del escritor aludido, el problema no radica tanto en lo que por fuerza se pierde en una versión traducida como en lo que en ocasiones los traductores añaden por su cuenta. En diversas lenguas europeas, a Gregor Samsa se le ha hecho protagonizar una narración titulada La metamorfosis. Pongo en duda la casualidad. Barrunto un desafuero inicial seguido de una ristra de traductores dados a la imitación.
Juraría que el título apócrifo habría disgustado a Kafka. La razón es que lo obliga a incurrir en un sobrepeso de literatura. Como todas las de su autor, la historia de Gregor Samsa, literalmente La transformación, está limpia de citas, símiles, juegos de palabras, hipérboles, neologismos y cualesquiera ornamentos y tropos encaminados a compensar las presuntas insuficiencias del lenguaje humano o a llevarlo más allá de su último límite comunicativo. Tanto como en Gustave Flaubert hay que buscar en Kafka la palabra justa, la idónea e imprescindible para decir con precisión el mundo.
La lectura del original depara otra sorpresa además de la del título. Ya en la primera frase averiguamos que Samsa no amanece convertido en un insecto como nos habían dicho. El término usado por Kafka es Ungeziefer, por tanto un bicho repulsivo, feo, dañino. Una pulga, una cucaracha o una chinche pertenecerían a esta categoría; pero también, según el diccionario Duden, algunas clases de arácnidos, e incluso ratas y ratones. Lo determinante, en cualquier caso, es que la transformación de Samsa constituye una degradación.
Este hecho condiciona todo el relato, cuya clave se concreta en las dos frases con las que se abre el párrafo segundo. La primera dice: “¿Qué me ha pasado?, pensó.” Ahora ya sabemos que la transformación de Samsa afecta sólo a la envoltura corporal. Por dentro, él sigue siendo un ser humano que posee conciencia, comprende lo que le ha ocurrido, reconoce a sus familiares, reflexiona, recuerda y es capaz de sentir afectos propios de las personas. La segunda frase es asimismo fundamental: “No era un sueño.” Por consiguiente, su vivencia completa desde el momento en que, por razones que ignoramos, se despierta convertido en un bicho monstruoso hasta que muere cubierto de polvo y con una manzana incrustada en el caparazón, sucede en su mundo real de todos los días.
En un primer momento, aún no perdida del todo la facultad del habla, al bicho pensante le causa angustia la posibilidad de perder el tren de las siete y llegar tarde a la oficina. Tan fuerte sentido de la responsabilidad tiene que ver con la circunstancia de que su trabajo es la fuente de sustento de sus padres y su hermana; pero también con un rasgo primordial de su carácter: la sumisión. Samsa es un hombre temeroso del jefe. Jamás, ni siquiera convertido en bicho, osaría cuestionar su autoridad ni las normas por las cuales se rige su vida laboral. Y aun se diría que su transformación degradante es una especie de somatización en grado máximo del servilismo del protagonista.
Para los padres y la hermana, el bicho continúa siendo Gregor. Corrobora esta convicción el tamaño del animal. Aunque el texto no lo especifica (salvo, tal vez, en el calificativo de monstruoso), se deduce que dicho tamaño es enorme en comparación con lo que abulta un animal de la misma especie. De otro modo no se entendería que Samsa, luego de su transformación, pudiera alcanzar con la boca el picaporte, asomarse a la ventana o concebir el deseo al parecer factible de besar a su hermana en el cuello.
Justo ella, Grete, encargada de su alimentación, es quien tras largos meses de incomodidades y problemas cifra la desgracia familiar en el error de haber admitido que el bicho era Gregor y había que tratarlo, hasta donde fuera posible y sin contacto físico, como a miembro de la familia. Pero ya basta. Grete le niega ahora la humanidad y el nombre, y sugiere que ha llegado la hora de deshacerse del monstruo repugnante. Si este fuera Gregor, se habría percatado del infortunio que su presencia supone para la familia y se habría marchado de forma voluntaria.
El veredicto de Grete establece un dilema letal. Si el bicho es Gregor, entonces Gregor, culpable de no haberse sacrificado, no merece las atenciones que garantizan su supervivencia; si no lo es, urge su eliminación. Escuchado y entendido el razonamiento de su hermana, el sentenciado se retira a su cuarto. Tiene por el trayecto el mayor rasgo humano desde que le sobreviniese la transformación. El narrador omnisciente nos cuenta que Gregor pensó con emoción y amor en su familia. Es la despedida de los seres queridos que lo observan en silencio. Al día siguiente, la criada encontrará a Samsa muerto. Algún lector tal vez constate entonces que llevaba obra de cincuenta páginas compadeciéndose de un bicho monstruoso o al menos del hombre clarividente y sensible aprisionado dentro del caparazón.
(Esta reflexión, perteneciente a la serie Fibras y confabulaciones, se publicó el sábado, día 10 de diciembre, en el suplemento Babelia de El País.)

viernes, 21 de octubre de 2016

IRAZOKI, 62 MODELO PARA ABRAZAR



Esta foto nos la hizo Daniel Mordzinski en una galería del metro de París.


Hoy, 21 de octubre, lluvia y hojas amarillas, Irazoki cumple años. Sesenta y dos. Vive en París como París vive en él. Estoy por decir que la ciudad e Irazoki nacieron el uno para el otro. Ahí anda, pues. En repetidas ocasiones, la vida intentó doblarlo. A fuerza de arrearle palos hizo de él un hombre positivo. Luego, doblada ella, lo convirtió en una despensa de pequeñas felicidades.
Irazoki es telefónico. Estoy por decir que el teléfono fue inventado para él. Cuentan los que saben de estas cosas que en 1871 Antonio Meucci, visiblemente nervioso, preguntó si Irazoki ya había nacido. Le dijeron que no, que tranquilo, que tenía tiempo de perfeccionar su invento. Y lo mismo preguntó pocos años después Alexander Graham Bell. Irazoki subiría, en mangas de camisa si hace falta, a la cima del Everest si le dijeran que allí arriba hay un teléfono o un abrazo.
Es que, ahora que me acuerdo, Irazoki nació para abrazar. No tiene compasión. Viene, te abraza, te abraza/agarra, te abraza/estruja, y luego, al soltarte, pone cara de pena porque tu cercanía le impide llamarte por teléfono. Los pulpos celosos se retuercen de resentimiento en tales situaciones. Este hombre podría trabajar como exprimidor de naranjas. Ganaría una fortuna.
También es poeta. Es, sobre todo, poeta, además de excelente cocinero, y conoce a todos los poetas. Le mandan libros por toneladas. El cartero de su barrio seguramente no le dirige la palabra. Yo le pregunto: Y el poeta ese, ¿qué tal? Me cuenta con pormenor, cita títulos, describe estilos, apuntala con argumentos y datos biográficos. Irazoki es una capital de la poesía. La disfruta si ella se deja disfrutar y la reseña en El Cultural con idéntico ánimo. Lo mismo que la música, otra de sus pasiones, le gustan poemas de todos los tiempos y estilos. Lo que no le gusta es el fraude literario. Y me pongo por testigo para certificar que tiene un olfato infalible para descubrirlo. Te levanta unos versos herméticos y señala la etiqueta que hay debajo: made in Trampaland.
Una vez me llamó por teléfono estando yo fuera. Al volver a casa, mi mujer me dijo que había llamado mi marido. Tiene razón. Nos ve todo el día de palique aparato en mano. Hablamos de comas, de fútbol (dice que lo de Iniesta no es fútbol, es ballet), de recetas de cocina, de Félix Francisco Casanova, de la perspicacia de algunos, de la mala fe de otros y de los escritos mutuos. No publico una línea que no haya recibido su visto bueno y viceversa. Por esa vía él me ha salvado de cometer multitud de errores.
En fin, que el navarro este de caserío ha cumplido sesenta y dos tacos, y que esta noche voy a beber una copa de vino a su salud. Tengo contraída con Irazoki una deuda descomunal. ¿Cuál? No, bueno, no es nada, es sólo que gracias a él me ha sido dado conocer en este mundo nuestro tantas veces despiadado y atroz la experiencia de la amistad en grado de plenitud. Esto es lo que yo quería decir. Esto y lo del teléfono. Y lo de la poesía. Pero sobre todo esto.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

60 AÑOS DE FÉLIX FRANCISCO CASANOVA




28 de septiembre. Ya hemos entrado en mañanas con rocío y por ahí cerca he visto las primeras hojas amarillas de los árboles. Félix Francisco Casanova habría cumplido hoy sesenta años. Murió con diecinueve. Su muerte temprana y las circunstancias nunca del todo aclaradas en que ocurrió han contribuido a la leyenda. Murió joven, era guapo, rebosaba de talento: puede decirse que reunía todos los ingredientes con los que suele crearse el mito. No tengo nada que objetar al respecto salvo que no me agradaría que dicha mitologización ocultase el extraordinario valor de su obra literaria: principalmente un puñado de poemas, no sé si enigmáticos, pero desde luego inquietantes, y El don de Vorace, la novela/antinovela de un hombre que desea morir a toda costa y no lo consigue.
"El don de Vorace" dedicado por el padre de Félix Francisco

También con Casanova me he hecho esas preguntas estúpidas que no tienen respuesta, las mismas que tantos otros, no sólo yo, se formularon pensando en Mozart, en García Lorca, en Miguel Hernández, en tantos genios desparecidos a edad temprana, aunque no tan temprana como la suya en el momento de aquel fatídico escape de gas de hace cuarenta años. ¿Qué habrían compuesto o escrito estos genios en el caso de haber vivido unas cuántas décadas más? ¿De qué obras magistrales nos privó su muerte prematura? Pienso en el difunto Félix Casanova de Ayala, el padre de Félix Francisco, que me escribía cartas a San Sebastián hace muchos años y me mandó los libros, editados en Canarias, de su hijo, cuya memoria cultivaba con afecto dolorido. Me cuesta poco creer que, de estar vivo, sentiría orgullo paternal viendo que la genial inventiva de su hijo está presente en las librerías, bien editada por Demipage; presente en la memoria literaria de muchos de nosotros y en las manos de nuevos lectores que la siguen descubriendo. Feliz cumpleaños, chaval. Cuánto me habría gustado conocerte.
Viejas ediciones de la obra de Félix Francisco Casanova que guardo como oro en paño

domingo, 25 de septiembre de 2016

SOBRE "EL AMOR DEL REVÉS" DE LUISGÉ MARTÍN




Siento una particular afición por los libros que alguien escribió porque le quemaba lo que se cuenta o se dice en ellos. Esta idea de la quemadura interna se la he tomado prestada a Isabel Bono, que la expresa mucho mejor que yo. Leí estos días atrás, entre viajes de promoción, salas de embarque, habitaciones de hotel, un libro que me ha gustado mucho. Me refiero a El amor del revés de Luisgé Martín. Escribo las presentes líneas con el ánimo de compartir mi entusiasmo.
Este libro abiertamente confesional me ganó desde el principio por dos razones. Si no se dan dichas razones, es difícil que yo logre conmoverme. La primera consiste en la verdad humana que empapa el texto. No es acaso este de la verdad humana un concepto valioso para la crítica profesional. Para mí es indispensable. Sucede que la naturaleza, que me ha negado tantas cosas, no me privó de olfato para oler la impostura, el artificio, la falacia. El libro de Luisgé Martín está sentido de principio a fin. Es de un desnudamiento minucioso, reflexivo, que a mí no me ha parecido en ningún momento obsceno ni, como se ha dicho por ahí con liviandad, ingenuo. La segunda razón es la literatura, aquí sostenida por una prosa adecuada al tema, bien trazada, rica en matices, propia de un escritor maduro.
El amor del revés narra con pormenor la vivencia homosexual de Luisgé Martín desde sus primeros asomos en la adolescencia hasta la hora actual, con final feliz, como el propio autor afirma no sin ironía. Me ha parecido acertada la imagen del salmón que se afana contra la corriente y ha de salvar a toda costa cascadas, aguas turbulentas, piedras a flor de agua. El relato no se conforma con una sucesión convencional de peripecias. Muestra la herida interna, los dolorosos años de represión, la pelea con el sentimiento de culpa, el terrible asunto de la identidad y la vergüenza, y, por encima de todo, el afán por querer y ser querido de un modo que muchos no aceptan y que hasta hace poco la ley prohibía en España. El libro, ya lo he dicho, es de una densidad humana admirable.
Pero también es otra cosa que me ha dejado plenamente convencido. El amor del revés contiene un agudo y lúcido retrato de época, se deja entender que desde la perspectiva de la vivencia homosexual, pero trascendiéndola a cada instante para hablarnos de cine, de libros, de viajes, de política, de hábitos, de prejuicios y de tantas cosas que conformaron el paisaje social español de las últimas décadas del siglo XX y de la primera del actual. Un libro como el de Luisgé Martín sería superfluo en un mundo más afectuoso que el nuestro, donde hubiera respeto y donde se dejara a la gente vivir, amar y desarrollarse en paz.