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jueves, 3 de septiembre de 2015

LA FOTO DEL NIÑO SIRIO AHOGADO



La foto del pequeño Aylan, de tres años, el niño sirio ahogado en una playa de Turquía, ha dado la vuelta al mundo, por más que no es el primer niño muerto en similares circunstancias ni será el último. Mueren a centenares todos los días. ¿Por qué esta imagen nos pega tan fuerte y no otras con resultado idéntico? La respuesta es seguramente múltiple y depende no sólo de nuestra particular conformación psicológica sino también  de la cultura en que vivimos, la que nos proporciona hábitos y criterios para entender el mundo y estar en él.
A diario se nos sirve la muerte en los noticieros de televisión. Nosotros mismos la buscamos en los libros y las películas. Ayer se cerró en Barcelona una librería especializada en novela negra, esto es, en novela con relato de un crimen y su posterior investigación. Leí mensajes apenados en las redes sociales. Un fulano mata a dos chicas en Cuenca y los medios informativos no paran de hablar de él. En el fondo, hay un efecto placentero en esta frecuentación de la muerte y la sangre que no son las nuestras. La muerte ajena nos distrae, nos garantiza una sensación en modo alguno dolorosa de la tragedia. A veces veo las noticias de la 1, a las tres de la tarde. No son más que un parte de sucesos.
El cuerpito inmóvil en la playa, boca abajo, se ha saltado esta constante. Y más que él, la imagen que compone: el aspecto del niño que tanto se parece a nuestro sobrino; la playa en la que jugábamos de pequeños, a la que todavía vamos en verano, quizá con un hijo similar, vestido de igual manera; la postura del pequeño, como si estuviera dormido, emblema de la inocencia; el mar, en fin, que nos recuerda que es anterior a la especie y que nos sobrevivirá.
Esta foto tiene algo que nos impide observarla como un cuadro lejano que ocurre fuera de nosotros. Ha abierto a más de uno (aquí, en Alemania, es portada de periódicos) una esclusa de una acequia que traspasa el mero campo del ocio y las sensaciones, y lleva directamente al núcleo de la conciencia. Es la foto de un momento histórico, su símbolo, el símbolo de un conflicto terrible que se alimenta, por cierto, con armas vendidas por países disfrutadores de paz. Entraña una denuncia, pero también una llamada de atención y una petición universal de solidaridad. Como el Guernica de Picasso, como la foto del checo que se abre la camisa en Praga ante un carro de combate soviético, como la foto de la niña vietnamita desnuda que huía de su aldea quemada por el napalm, como tantas otras instantáneas sin las cuales, luego, ya es imposible definir una época.
Ningún ser humano, por sensible y generoso que sea, está en condiciones de procesar en su mente las cantidades ingentes de mortandad que le sirven los medios de comunicación a diario. Por eso es de suma importancia rescatar un rostro, un nombre, un destino personal que nos conmueva sinceramente. Quizá la muerte del pequeño Aylan sirva para mucho más que para saber, mientras desayunamos, qué ha pasado en el mundo. Quizá sirva por lo menos para que algunos gobernantes mezquinos admitan un mayor número de refugiados en sus países o para que empiecen a ir pensando en poner fin a la orgía de sangre.