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domingo, 25 de octubre de 2015

UNA EVOCACIÓN DE CARLOS BOUSOÑO

Carlos Bousoño  (Fotografía de Javier Cotera)



Este domingo otoñal me ha deparado árboles amarillos y nubes. También la noticia del fallecimiento de Carlos Bousoño, a quien apenas conocí en persona. Escribo “apenas” porque en los vaivenes de nuestras respectivas vidas tan sólo coincidimos una vez en un mismo lugar y a la misma hora. Fue en 1999, en Barcelona, con ocasión del trigésimo aniversario de la fundación de la editorial Tusquets. Yo creía erróneamente que Bousoño era más alto. Nos separaban más de treinta años de edad, así como un sinnúmero de cualidades intelectuales que él poesía en alto grado y a mí me caben holgadamente en un bolsillo del pantalón. En el autobús que condujo al grupo de escritores a la villa de Tusquets, él se sentó un asiento por delante del mío, junto a Francisco Brines. Estuve, no lo pude evitar, espiando su conversación y sus gestos. Luego, entrada la tarde, la proximidad en las iniciales de nuestros apellidos nos acercó a Bousoño y a mí en la hilera de quienes se disponían a recitar un poema propio en un pequeño estrado de madera que a dicho efecto había sido instalado en el jardín. Algo le dije por conocer su voz, por atraerme su mirada. Me respondió. Nada de importancia que merezca un análisis. En realidad, sólo quise provocar un recuerdo, el de haber conversado, si bien de forma efímera, con un hombre al que profeso una grandísima admiración. Dicha admiración no la interrumpe su fallecimiento reciente. Pude aquella tarde cálida de Barcelona haberle declarado que entre los diecisiete y los veinte años, y por supuesto después, dediqué largas y por lo general nocturnas horas al estudio de sus estudios (valga la redundancia) de la expresión poética, del surrealismo, del irracionalismo, de la poesía de Vicente Aleixandre, a quien venero no menos que él. Su lúcida disección sobre las concomitancias en el funcionamiento del chiste y el acierto poético determinó hasta el día de hoy mi idea particular de la literatura: un desgarro incesante entre el humor y la poesía (que contrapongo), entre lo que rebaja el prestigio del asunto tratado, ridiculizándolo, parodiándolo, y lo que levanta dicho prestigio hacia la belleza, la intensidad y, en fin, hacia los consabidos valores positivos que postula el idealismo. Curiosamente nunca gusté de los poemas de este hombre que tanto sabía de poesía. No sé, los encontré escorados por demás hacia la construcción de una escritura. Hace muchos años que no los he vuelto a visitar. Quién sabe si mi paladar ha desarrollado en este tiempo facultades sensitivas que en otro tiempo no tuvo. En cambio, sus libros de teoría publicados por la editorial Gredos siguen ahí, a mano, en una balda cercana, listos en todo momento para sacarme de una duda, para proporcionarme un concepto, para ofrecerme el disfrute de la sabiduría justo en lo que a mí más me importa. Gracias, maestro.