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sábado, 17 de octubre de 2015

LA ORQUESTA DE IRAZOKI




El otoño nos ha deparado un libro de Irazoki. No es algo que ocurra a menudo. Yo lo anunciaría en el telediario; pero esta clase de acontecimientos, como no tienen naturaleza de espectáculo, rara vez constituyen noticia. Tampoco a Irazoki le complacen los focos.
Su obra es como él. Es la obra de un hombre sereno que escribe desde una idea positiva de nuestra pasajera existencia, que agradece los dones de la vida y respeta el idioma.
Este nuevo libro suyo, publicado en Hiperión, lleva por título Orquesta de desaparecidos. Es lo que tiene acumular años e Irazoki, que pronto añadirá uno más a la colección, arrastra unos cuantos. Pierde uno a tanta gente. Son numerosas las personas evocadas por Irazoki en su libro, no pocas de ellas fallecidas. Con unas tuvo trato directo. Otras merecieron su veneración por los valores estéticos o morales que representan. Con todas ha compuesto el poeta su particular orquesta. Y él está allí, en medio de todos sus músicos mudos, prestándoles voz con los recursos propios del arte literario, sobre los cuales ha alcanzado un dominio que salta a la vista.

Hay, pues, recuerdo y mucho paisaje personal, así como poesía en la prosa cuidada de estas páginas continuadoras de aquellas otras de 2006 tituladas Los hombres intermitentes. La infancia, la familia, los amigos, París, los viajes, gente curiosa y alguna que otra invención de veterano surrealista conforman el muestrario de asuntos de esta Orquesta de desaparecidos.
Me abstengo de vaciar el saco de elogios sobre el amigo que los merece, pero no los busca ni los necesita. En todo caso, yo le agradezco al otoño que me haya deparado una alegría con la publicación del libro de Irazoki y al resto de las estaciones del año, por qué no decirlo, el sosegado orgullo de disfrutar de la fraternidad de un hombre bueno, sensible y con talento.