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jueves, 29 de enero de 2015

COSILLAS DEL TELAR: SOBRE ESCRITORES JÓVENES



La última generación de escritores


Hay en Las letras entornadas sendas reflexiones sobre los diarios de Juan Gracia Armendáriz, sobre los cuentos de Pilar Adón y sobre Tiempo de vida, libro autobiográfico de Marcos Giralt Torrente. Todos ellos me parecieron útiles para alumbrar con mi defectuoso y vacilante candil ciertas parcelas de la literatura. Los tres autores presentan notables diferencias entre sí, pero tienen una concomitancia en relación conmigo. Son más jóvenes que yo.
No es inhabitual que los escritores metidos en años se cierren al conocimiento de los libros de las generaciones posteriores a la suya e incluso que los condenen sin haberlos leído. Quizá esté en la naturaleza del género humano defender con uñas y dientes (¿postizos?) el puesto sobre el pedestal. A mí esta actitud me parece triste. La advierto, por ejemplo, en ciertos novelistas ancianos que niegan el futuro de la novela o que cargan contra todo lo nuevo, acaso sin entenderlo, ya sea el libro electrónico, el uso de internet con fines literarios y cuanta innovación se les ponga por delante. Achacan, además, a los jóvenes autores que degraden el idioma, sin reparar en que Virgilio también los observa a ellos desde el fondo de los siglos con entrecejo reprobatorio.
Hace años se me ocurrió un aforismo sobre la cuestión. Reza así: El escritor que no lee a sus contemporáneos está muerto. El que los lee está perdido. La frase, claro está, va de broma. Con ella quise decir que quien se cierra a lo próximo (quizá por librarse de rivales), tarde o temprano deja de entender el mundo que lo rodea, pierde savia vital, envejecen irreparablemente él, su arte, sus ideas. Pero si para los ojos en las obras de los cercanos, comprobará las limitaciones y errores de las suyas propias y, en definitiva, su modesto tamaño.
He aprendido y disfrutado mucho con escritores más jóvenes que yo. Miro las baldas de mi biblioteca y veo libros de Óscar Esquivias, Jesús Carrasco, Marta Sanz, Clara Usón, Antonio Lucas, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa y, en fin, de tantos otros niños laboriosos y talentudos que no tienen por qué seguir la senda que yo seguí ni usar los mismos verbos y adjetivos que yo uso. ¿Acaso no nos acordamos de Rimbaud por lo que escribió cuando era un chaval?
Gloria, pues, a la buena literatura, la escriba quien la escriba.