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miércoles, 30 de abril de 2014

CRÍTICA DE LA CRÍTICA

http://www.haz.de/var/storage/images/haz/nachrichten/kultur/uebersicht/jugendbuchforscher-kritisiert-literaturkritik-als-scheinheilig/32312781-1-ger-DE/Jugendbuchforscher-kritisiert-Literaturkritik-als-scheinheilig_ArtikelQuer.jpg



Diversos indicadores confirman la salud cultural de una sociedad. Uno de ellos es la profesionalización de la crítica literaria. La crítica está llamada a florecer allí donde abunda la materia criticable, por tanto donde hay un elevado índice de lectura, unas estructuras editoriales dignas de tal nombre y una difusión adecuada de los libros. Para ser ejercida con garantías de excelencia, la crítica requiere dedicación plena. Relegada a los ratos libres, a los limitados huecos temporales que le dejan al crítico otras actividades absorbentes, quizá cansinas, es seguro que sólo por excepción alcanzará resultados óptimos. Las copiosas lecturas, el cultivo del gusto, los conocimientos indispensables o el dominio de los términos y conceptos piden aplicación y tiempo. Sin ellos se abren las compuertas a los juicios arbitrarios del diletante. También piden libertad de expresión y una justa remuneración económica que no sólo recompense el esfuerzo, sino que haga atractiva la actividad a los auténticos especialistas.
Es difícil, por no decir imposible, que un crítico cumpla a satisfacción su cometido, por mucha voluntad que ponga en el empeño, si no lo concibe como un servicio a los posibles lectores, que deberían ser los destinatarios únicos de su trabajo. Todo lo que se aparte del cabal cumplimiento de dicho servicio desvirtúa de lleno su profesión. La publicidad más o menos encubierta, el ajuste de cuentas con autores o editoriales, las maniobras para hacerse con huecos de poder o el invariable negativismo tantas veces nacido de personales frustraciones son las caras visibles de un tipo de crítica que da la espalda a su función verdadera y que cifra su interés primordial en trasladar una tolvanera de problemas, rencillas y debilidades humanas a quienes tan sólo desean recibir información para saber después qué leer.
Los lectores habituados a departir sobre libros con otras personas saben que no existe una sola lectura acertada. A diario comprobamos que la misma obra puede haber hecho las delicias de un lector y sumido en el tedio a otro. Puestos a razonar tan dispares impresiones, acaso caigamos en la cuenta de que ambas son plausibles. Esto es así porque no existe lo que pudiéramos llamar lectura objetiva. El fuego quema por igual a todo el mundo; en cambio, una obra compleja genera reacciones disímiles, puede que hasta opuestas, sin que por dicha circunstancia ninguno de sus lectores deje de tener razón, si bien no puede negarse que habrá sido más afortunado quien haya entendido y disfrutado más. Esta disparidad en el juicio e interpretación de las obras de literatura se da en uno mismo. ¿A qué lector asiduo no se le ha caído de las manos un libro que de joven lo encandiló? ¿A quién no le ha sucedido alguna vez lo contrario?
Cada cual acude a los textos literarios con su bagaje cultural, su experiencia de los asuntos humanos, su edad, sus predilecciones, su estado físico del momento, etc. El crítico literario tampoco está exento de factores condicionantes. Toda crítica, como toda lectura, es de naturaleza subjetiva. La perspicacia en el razonamiento será lo que nos permita distinguir al buen crítico del simple tasador o del pelotero al uso. Esta visión privada de las cosas está en la base de cualquier actividad creativa. Si no fuera así, podríamos encargar a otros que leyeran de nuestra parte y luego nos hicieran partícipes de su lectura universal. Pero esto no es posible porque la perspectiva del ser humano es intransferible, aunque se pueda compartir. Ella es el elemento que confiere especial personalidad a la obra literaria, al tiempo que determina la interpretación y las posibles emociones que la referida obra suscite.
En lo que respecta al crítico (un intermediario a fin de cuentas), incurrirá en graves deficiencias si da en creer que su paladar constituye el único criterio admisible. No es raro toparse con personas que identifican lo que no les gusta o les despierta alguna suerte de antipatía con lo que está mal hecho. La historia universal de la literatura abunda en casos de juicios adversos sobre obras que el tiempo elevó a la categoría de maestras.
Merece algo más que aplauso, merece agradecimiento el crítico que hace apetecibles las obras valiosas; aquel que no se limita a descifrarlas con adusta terminología de profesor, sino que se toma la molestia de transmitir entusiasmo, humanizando generosamente sus textos críticos por la vía de exponer una parte de su condición de lector sensible; aquel, pues, que explica con precisión y claridad las razones por las que considera que una obra determinada repercute positivamente en él. Nada de lo cual es compatible con eslóganes del tipo: “lean sin falta la novela, no se la pierdan” y demás clichés del redactor de reseñas metido a mercader. Ni con la dejación intelectual de quien, para ponderar la calidad de un autor, menosprecia a otros. Ni con el lanzamiento de cohetes artificiales del tipo: “el mejor de su generación, el más grande de su época” y demás hipérboles de improblable demostración que, además, contribuyen a difundir y fijar los tópicos.

(Rescato para el blog este artículo mío, publicado en El País el 13 de julio de 2013.)

martes, 29 de abril de 2014

DEFINICIÓN DEL GILIPOLLAS




Por los tiempos en que me dedicaba a la docencia en Alemania, algunos alumnos que no dominaban la lengua española y que durante el verano pasaban sus vacaciones en España, a la vuelta me preguntaban por el significado de ciertas palabras soeces. Por ejemplo, cojones, cabrón, de puta madre. Uno se podía imaginar la pasta humana de los parientes que estos jóvenes alumnos (de 6 a 16 años) habían visitado en el pueblo de sus ancestros. No me costaba gran cosa explicarles con el debido aplomo el significado de los referidos conceptos ni describirles el tipo de situaciones en que suelen usarse. Más difícil lo tenía yo con el término gilipollas.
El otro día se produjo en el estadio del FC Villarreal un episodio que me habría permitido hacer comprensible el referido palabro a mis alumnos. Les habría contado que el gilipollas por antonomasia es un tipo que antes de salir de casa para presenciar un partido de fútbol coge un plátano del frutero, que yo supongo colocado en la cocina. Con el plátano en un bolsillo, el gilipollas por antonomasia se dirige al campo de fútbol donde su equipo se dispone a jugar contra otro que puede caer mejor o peor, pero del que lo menos que se puede decir es que está cuajado de estrellas, con la posibilidad que ello implica de asistir a un hermoso espectáculo deportivo. Acababa, además, de morir su exentrenador, lo que, entre personas sensibles y educadas, suele acentuar los comportamientos de respeto.
El gilipollas tuvo una idea. No era una idea original. El gilipollas se caracteriza por albergar dentro del cráneo un músculo blanquinoso y húmedo, llamado comúnmente cerebro, que no le alcanza para recorrer largos trechos intelectuales, pero vamos a decir que funciona lo suficiente para llevar a cabo actos de imitación y, por tanto, para saber que antes que él, en otros campos de fútbol, gente de su calaña hizo lo que él se disponía a hacer.
Entonces Dani Alves fue a sacar de esquina y el gilipollas por excelencia le arrojó el plátano, como diciendo: tú, aunque juegues en el FC Barcelona, seas internacional y ganes al mes dinero suficiente para pagarme seis carreras universitarias en el extranjero, eres inferior, eres un simio y mira lo que te hago porque soy un gilipollas.
El futbolista pudo haberse enojado. Hizo otra cosa que mostró a los ojos del mundo (yo me enteré del asunto por la prensa alemana) la calidad de su persona y el extraordinario grado de gilipollez del gilipollas por antonomasia. Se comió el plátano, o un cacho, y sacó de esquina sin tan siquiera volverse a mirar al gilipollas, condenado de por vida a ver la cara de un gilipollas racista cada vez que se mire en el espejo.
La historia acaba con un toque didáctico salvo para el gilipollas, a quien quizá, nunca se sabe, convendría explicarle el sentido de su acto frutal. El Villarreal lo identificó, le canceló el abono y le ha prohibido para siempre la entrada al estadio.
Pobre gilipollas, que durante unos instantes se sintió como un ser representativo de una raza superior. No me sorprendería que a estas horas le esté echando la culpa al plátano. En fin, agradezcamos que aquella tarde, en el frutero de su casa, no hubiera una sandía.

ARNO SCHMIDT





Arno Schmidt (1914-1979) nunca sonreía en las fotos. Hay una, que yo sepa, tomada durante una visita a unos parientes suyos, en la que muestra un gesto risueño, y otra junto a un amigo en la que se insinúa un poco de risa. Al parecer no sabía, en ambos casos, que lo estaban fotografiando.
Abrigaba la certeza de ser un genio. No es esta una convicción insólita entre escritores. Puede que les resulte productiva. No veo por qué nadie que no viva con ellos ha de reprochárselo. Otros se creen graciosos o guapos.
Arno Schmidt juzgaba inadecuado que un genio sonriese. Su literatura, en cambio, rebosa de ironía, de rasgos paródicos, también de un humor un tanto avieso. Escribía rompiendo y creando idioma, ejercicio al que en sus novelas (por llamarlas de algún modo) concedía más importancia que a la trama.
Escribía asimismo desde la perspectiva del despecho, menospreciando a los lectores comunes. Escribía para expertos, para cómplices, para personas que no se arredrasen ante las dificultades de lectura.
Me atreví en su día a traducir un libro suyo. Nueve meses de sufrimiento, de dudas punzantes, de insultos a mí mismo por haberme embarcado en semejante tarea. Me obstiné en hacer comprensible su libro (El brezal de Brand) a los posibles lectores españoles. Para ello acompañé el texto traducido con 269 notas aclaratorias, un trabajo de hormigas. La experiencia me dejó un copioso anecdotario, ya que a menudo, para esclarecer pasajes, hube de emprender investigaciones de campo. Pero también me dejó una huella profunda. No me refiero en este punto al escritor (a su carácter, su misantropía, etc.), sino a su peculiar escritura.
Deshice su estilo como quien desmonta las piezas de un reloj. Y creo que, en medio de todas las dificultades que la operación aparejaba, acabé cogiéndole el tranquillo. Desde Los peces de la amargura hasta Ávidas pretensiones, mi último libro (y sobre todo en este último), introduje aposta ingredientes del estilo de este escritor adusto que vivió largos años aislado por voluntad propia, con su sufrida esposa, en un pueblillo a una hora en coche de mi ciudad de residencia.
He puesto arriba un vídeo que lo muestra en su casa de Bargfeld mientras concede una entrevista con ocasión de su 50º cumpleaños. La conversación discurre en alemán. No descarto la posibilidad de que también quien no conozca el idioma encuentre algún elemento de interés.

lunes, 28 de abril de 2014

MODELO DE REDACCIÓN DE NECROLOGÍAS DESTINADAS A ESCRITORES


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No he podido menos de recibir con consternación la triste noticia del fallecimiento de X (aquí el nombre del finado), al que tantos lazos me unían. La suya no es una muerte cualquiera. Deja un hueco difícil de llenar en las letras españolas (argentinas, mexicanas, según). Hombre íntegro donde los haya, amigo de sus amigos, siempre listo a hacer favores sin pedir nada a cambio y a dispensar una palabra amable a quienquiera que la necesitase, destacó en cuantas empresas abordó, particularmente en el ejercicio de la novela, para el cual atesoraba un talento innato; pero sobre todo en el de la poesía y no digamos en el del periodismo. Sus célebres obras A, B y C permanecerán por siempre en la memoria cultural de la nación. Si alguien ha merecido, en virtud de sus méritos sin parangón, una estatua en la plaza o dar nombre a calles, avenidas, colegios, este ha sido X. Con la valentía y la serenidad que desde joven lo caracterizaron, luchó sin descanso (sin tregua, sin cuartel) contra el cáncer (u otra enfermedad mortal) que finalmente lo derrotó. Apenas unos días antes del brusco (inesperado, brutal) desenlace estuve charlando con él. Lo vi animado, dispuesto a plantarle cara a la adversidad, y tan sabio y afable como de costumbre. Vaticiné con absoluta franqueza (hipérbole opcional) que antes de acabar la década recibiría el Premio Nobel (el Cervantes, el Príncipe de Asturias u otro por el estilo). Me miró sonriente, a la manera de quien vuelve la mirada poco antes de alcanzar el horizonte. Y hoy guardo en la memoria aquella sonrisa última sin la cual ignoro cómo podría yo sobrellevar la (dolorosa, inmensa, trágica) pérdida de quien fuera magnífico escritor, el mejor de su siglo (generación, tiempo, país), además de padre (profesor, filósofo, socialista) ejemplar y amigo entrañable. Mi pensamiento está ahora con sus familiares y mi corazón para siempre con él. Descanse en paz.

sábado, 26 de abril de 2014

SOBRE "EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA"




 El Coronel No Tiene Quien Le Escriba Garcia Marquez, Gabriel



Con ocasión de la muerte de Gabriel García Márquez, El Cultural invitó a unos cuantos escritores a redactar unas líneas de reflexión acerca de una obra del autor colombiano. Ya estaban copados algunos títulos cuando recibí la propuesta; pero seguía disponible uno por el que siento especial veneración. Los textos se publicaron en la versión digital del suplemento. El mío era este:

El coronel no tiene quien le escriba

Es un retoño afortunado del tronco narrativo que pocos años después será Cien años de soledad. En el curso del relato son mencionados Macondo, Aureliano Buendía y algunos hechos que García Márquez habría de desarrollar más tarde en su célebre novela. Pero los protagonistas son otros, un modesto y honrado matrimonio (el coronel, la mujer asmática), metidos en años, castigados por la nostalgia y los achaques, acosados por la penuria. Hay costumbre de editar el libro con letra gruesa para que parezca novela. Es un cuento, un grandísimo cuento que favorece una línea argumental sin apenas trenzado de asuntos laterales. Los personajes entran sin presentación previa en la historia, actúan, conversan y poco a poco, conforme desentrañamos los sobreentendidos, vamos penetrando la notable complejidad que encierran. No es difícil columbrar similitudes con don Quijote y Sancho en esta pareja conyugal asentada en un pueblo perdido de Colombia. El coronel profesa con sostenida obstinación valores propios de su pasada profesión militar (la dignidad, la honra) y antepone, aunque sin repercusiones cómicas, sus ilusiones a sus necesidades. La mujer, en cambio, está avezada a mirar de cara la cruda realidad, el momento presente, la bochornosa y diaria hambre que podría, a su juicio, mitigarse con la venta del gallo. Todo lo fía el coronel a improbables esperanzas: la carta con el anuncio de la pensión que no llega desde hace quince años, la certeza en la lucrativa victoria del animal de pelea dentro de algunos meses. El relato aúna de manera óptima belleza y sencillez: belleza en la mirada poética sobre detalles significativos, en el vigor de las evocaciones y la cadencia de la prosa, que hace por demás reconocible el estilo de su autor; sencillez que no es facilidad, sino exactamente todo lo contrario.