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viernes, 24 de octubre de 2014

EL NUEVO LIBRO DE LUIS LANDERO



 
Hay lugares en los que enseguida me siento a gusto. Nada más llegar, ya estoy bien y deseo quedarme. Uno de dichos lugares es la literatura de Luis Landero. Hay en la mirada de este autor sobre las cosas y los hombres, sobre los animales y los paisajes, una afabilidad que me hace especialmente gratos sus escritos. Salvo las obras que tenga escondidas en su casa, creo haberlas leído todas. La última, este El balcón en invierno publicado el pasado mes de septiembre.
Landero ha estado derramándose en los personajes de sus novelas, delegando en ellos vivencias propias. Esta vez, no. Ha mandado a la porra una novela que iba a escribir, al parecer sin ganas, no más que por la inercia de ser novelista, y ha llenado las páginas de este hermoso y entrañable libro con pormenores de su pasado, con historias familiares y reflexiones acerca de la propia identidad. Todo ello, como de costumbre en él, asentado en una prosa clara, serena, bien modulada, cincelada sin exageración ni rigidez académica. La prosa de Landero es una de las mayores delicias que ofrece la literatura española actual.
Siento una enorme simpatía por el autor; pero ahora que sé que bailó con Sofia Loren en Moscú, creo que no me voy a lavar las manos durante varios días la próxima vez que lo abrace. Tiene Landero una perspicacia narrativa especial para la peripecia risueña, para los episodios amenos de los que cabe extraer alguna clase de enseñanza. Son, por así decir, lecciones de humanidad. A mí me da que Landero tiene un corazón de veinte arrobas, por decirlo a la manera rural que él ha empleado en numerosos pasajes de este nuevo libro.
Y el padre. La obsesión del padre de la que tampoco se libran tantos protagonistas de sus libros, presencia constante aun después de muerto que lo convierte en una suerte de juez implacable, de Dios dispuesto a castigar al hijo que no se esfuerza ni saca provecho de sus aptitudes. Por ese lado, Landero ha merecido a mi parecer la absolución gracias a la coartada de la literatura. Ni abogado ni guitarrista: escritor de primera categoría. ¿Quién lo hubiera dicho cuando era niño en su pueblo de Extremadura?
Y la tierra natal, a la que dedica testimonios de una calidad literaria superior. Y tantas gentes recordadas, traídas de nuevo al afecto por la vía del testimonio escrito. Y pájaros y oficios y accidentes del terreno. Y también Madrid, en años humildes y penosos. La emigración, el tedio cotidiano, la interminable lucha por salir adelante, los libros capaces de cambiar para bien el rumbo de una vida.
Por ahí he oído calificar El balcón en invierno de joya. Sin vacilar secundo el elogio.