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miércoles, 17 de septiembre de 2014

LA HE ECHADO DE CASA




Esta mañana he echado a mi alma de casa. Fuera, le he dicho. A gritos, por supuesto. Y no vuelvas más. ¿La razón? Mal comportamiento, feas contestaciones, ingratitud. Lo habitual. Tiene uno trabajo suficiente con aguantar a un cuerpo que ya no es lo que fue como para sumar el peso de un alma descarada. Conque a la calle. Total, que me ha hecho una higa, insolente como es, y se ha marchado por ahí como quien se va de vacaciones. Ya verás, ya. Y, en efecto, al cabo de dos horas ha vuelto con las cejas tristes y a mí me da igual, yo tengo mi día de hierro y la he dejado fuera porque, claro, en esta vida o tienes carácter o cualquiera se te sube a la espalda. Mi alma ha permanecido largo rato inmóvil, poniendo carita de sumisión tras el cristal de la puerta de la terraza, ablandándome bien ablandado y tocándome a fuerza de miradas mustias las potencias de la compasión, hasta que finalmente, qué remedio, la he dejado entrar. No tengo carácter, eso es lo que me pasa.