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lunes, 22 de septiembre de 2014

DE CÓMO ME AUTOEDITÉ



El librillo fue el primer libro, valga la redundancia, que yo publiqué en mi vida. Era un libro de poemas infantiles, esto es, de poemas no sólo para niños, sino en gran parte escritos a la manera como se expresan o como a mí me parece que se expresan, deformando el idioma, los niños. Me lo autoedité, una ruinosa pero instructiva peripecia de la cual hablé el pasado sábado, 20 de septiembre, en la Albóndiga de Bilbao, perdón, en la Alhóndiga, con ocasión de una jornada dedicada al “Autor en el nuevo mundo de la edición”. Me invitaron para que expusiera en público mi experiencia relativa a la relación con mis editores y eso hice.
Editarse a sí mismo era una opción en modo alguno infrecuente por los días en que las obras literarias se difundían exclusivamente en papel o, como dicen ahora, en libros físicos. A este respecto conté mi caso. En 1981, a mis veintidós años, yo adolecía de prisa por publicar, un sarampión bastante extendido entre escritores noveles del que ya me curé. Escrita la obra, paso indispensable sin el cual todos los demás se pueden excusar, me puse en contacto con un impresor de mi ciudad, a quien pedí presupuesto: quince mil pesetas, una cantidad considerable para un estudiante, como yo, de clase social baja. No tenía el dinero, pero por fortuna aún existe la generosidad en el mundo.
Hecho el trato con el impresor, primo carnal por cierto, procedí a la edición. Maquetar los poemas, todos ellos cortos, no me resultó complicado. Eran pocos además. Me encargué asimismo de confeccionar la cubierta, con una ilustración chapucera, pero simpática. Firmé el libro con mi nombre de guerra: Fernando Aramburucópulos. Le antepuse el dom de dómine para oponerme al reto de un amigo, el cual aseguró en mi presencia que yo no tendría huevos para hacer tal cosa. También en mi segundo libro, Ave sombra, que publicó Haranburu Altuna pocos meses después, aparezco como dom Fernando. ¡Qué tiempos!
Un tarde le llevé al impresor el mecanoscrito y la ilustración de la cubierta (un hipopótamo con corbata, visto de frente). Tiempo después fui a recoger el primer fruto impreso de mi defectuosa inventiva. Hice una tirada de doscientos ejemplares. En la prensa local declaré que quinientos. Hoy pienso que pequé de modesto. Me llevé las cajas a casa. Vi el producto. Me creí en la gloria. El libro, fino, es de gran formato y carece de ISBN. En casa, yo contemplaba los ejemplares como quien se admira de un hijo propio recién nacido. Y por un momento pensé que había llegado a no sé qué meta, hasta que caí en la cuenta de que la verdadera tarea aún no había comenzado. ¿Qué hacer con aquellas cajas? ¿Cómo me las ingenio para que los ejemplares terminen en manos de los posibles lectores? Porque estaba claro que los lectores no iban a venir a mi casa. De alguna manera mi libro tendría que ir a su encuentro o estar allí por donde los lectores acostumbran pasar.
Arduo cometido este, que era, que sigue siendo, el nudo de la cuestión editorial. Así que no me quedó más remedio que meterme a distribuidor. Con dicho fin visité diversas librerías y quioscos de mi ciudad. Allí me decían que dejase un ejemplar; en el mejor de los casos, que dejase dos. Incluso viajé a Pamplona, donde hice una ronda similar, tras pagarme, por descontado, el viaje de ida y vuelta en autobús; y todo para dejar en unos pocos establecimientos media docena de ejemplares.
Calculo que se vendieron diez, quizá quince ejemplares. No estoy seguro. Repartí bastantes entre amigos, conocidos y parientes. Guardo una pila de libros intactos que tal vez mis herederos, si llego a algo en la vida, aunque sea póstumamente, podrían vender a precio de oro.
Sea como fuere, aprendí, como dije el otro día en la Albóndiga de Bilbao, perdón, Alhóndiga, dos cosas. Aprendí a sosegarme y, por tanto, a tener paciencia en punto a la difusión de los escritos propios. Aprendí asimismo lo conveniente, por no decir lo necesario, que es para el escritor el razonable trabajo con un editor profesional en el que, claro está, se pueda confiar; un editor que le mime a unos los textos, le haga un libro capaz de alegrar la mirada, se lo promocione y ponga en un circuito eficaz de distribución.

Ah, se me olvidaba. El librillo reapareció una década después editado en la colección Ajonjolí de Hiperión, con ilustraciones de Patricia Garrido; pero esa ya es otra historia.