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martes, 16 de septiembre de 2014

ANA MARÍA NAVALES Y LOS TRUENOS



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En el año 79 me fui a estudiar a Zaragoza. No había mar y conocí el frío en su versión más acerada. Ni siquiera en mi país actual de residencia me ha sido dado padecer una cosa tan agresiva como el cierzo. Traté de reunir direcciones postales de escritores de la ciudad. Tan sólo conseguí la de una poeta. Supe que había sido profesora de la universidad en la que yo me había matriculado, pero ya no trabajaba allí. Era Ana María Navales y la llamé y me invitó a su casa y fui. Sé que fue el 28 de octubre de aquel año porque me dedicó un libro de poemas y, bajo la dedicatoria, anotó la referida fecha. Yo era joven (veinte años), tenía el pelo largo y a su marido, ostensiblemente, le desagradó mi visita. Me lo mostró con el gesto y con la parquedad de palabras. Quién sabe, quizá lo dejé sin la última cerveza de la nevera. Estas cosas suelen ocurrir. Ana María me ofreció asiento y ella se acomodó enfrente, detrás de una mesa baja. A su espalda, en una estantería, se alineaban libros. Recuerdo un Austral rosado de Gerardo Diego, un poeta con el que yo nunca he sabido manejarme. Hablamos, le conté, me dijo. Ana María tenía mucha presencia física. Era mucha mujer: melena suelta, mirada directa. Me contó, le dije. Y luego me pidió que leyera uno de los poemas míos que yo había llevado a modo de presentación. A este punto el marido se sentó a su lado. Calificó mi poema de “tonante”. Supongo que tenía razón. Ana María no dijo nada. También Ana María es un poco tonante en sus poemas. Pienso en los de Mester de amor, uno de los libros que me regaló aquella tarde (el otro era de cuentos). “Me llega con pisadas de aire tu marea”, escribe. Y también: “Este dominical destello de fervor infundado”. ¿Por que no se puede ser tonante cuando además se es joven y está uno todavía hecho de tormentas por dentro? A mí me gustó aquella pasajera complicidad de Ana María, que se abstuvo de condenar mi poema. Del marido no retuve el nombre. No volví a la casa. Vi en otra ocasión, la última, a Ana María entrar/irrumpir en un acto público de Sánchez Dragó, que había preguntado previamente por ella desde el escenario. Una diva con abrigo de marta, consciente de su belleza, simpática y vanidosa. Subió al escenario y le estampó dos besos a Sánchez, que yo pensé que lo derribaba. Después pasaron los años. Un día supe por la prensa que había muerto. Siempre hay alguien que nos jode los truenos.