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jueves, 5 de junio de 2014

PARODIAS, REMEDOS, FALSIFICACIONES. HOY, BORGES



 
BIBLIOTECA PERSONAL

Karl-Ludwig Hirsch, cuyas dotes proféticas fueron alabadas por Goethe, nació en 1634 en Dresde y murió en esa misma ciudad en 1701. Profesó contra el riguroso criterio paterno la fe de Roma, ciudad nunca por él visitada. Dicha circunstancia no le impidió consagrarle encendidos versos de juventud. Venturosamente para nosotros, sólo han sobrevivido tres estrofas de un poema que al parecer abarcaba no menos de diecisiete pliegos de letra diminuta. Los secos y mal medidos hexámetros alcanzan para prevenirnos de su escasa inspiración. Con resignada clarividencia, en un largo y frío invierno de Sajonia, Karl-Ludwig Hirsch tuvo la gentileza de alimentar el fuego del hogar con sus ripios.
La pluma tantas veces severa de Angelus Silesius escribió de él: “Dilapidó errores, salvo, incidentalmente, en materia de religión.” El célebre Sermón para arrodillados, cuya primera edición data de 1691, fue soñado por Karl-Ludwig Hirsch en el decurso de una noche de tormenta. Jamás se recuperó. Se ha dicho que Dios intentó reencarnarse en la figura de aquel teólogo visionario, pero se arrepintió tan pronto como le fue dado conocerlo de cerca.
Hirsch predijo en una carta al rey de Polonia, redactada con temblorosa caligrafía, las guerras napoleónicas y las mundiales del siglo XX. Paseó su locura final por los jardines de Dresde. Testimonios diversos aseguran que murió abrazado a una peonía a orillas del río Elba.
Conjeturo con agrado que acaso en aquel momento experimentó la felicidad.