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domingo, 29 de junio de 2014

EL ORTEGA DE JORDI GRACIA



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Este blog no está pensado para albergar reseñas de libros. Es simplemente un blog de placeres y entusiasmos. No sé dónde están los límites que separan el placer físico del intelectual. Por los motivos antedichos deseo escribir hoy unas líneas acerca del dibujo biográfico de más de seiscientas páginas que le ha dedicado Jordi Gracia a Ortega y Gasset (Taurus, 2014). Conozco personalmente al autor. Conserva una impulsividad (es del 65; para mí, un niño) que yo perdí hace tiempo. Por eso me ha complacido estar con él en varias ocasiones y escucharlo, pues me da algo que tuve y no tengo, y porque posee un cerebro extraordinariamente bien amueblado. No debe de ser fácil debatir con Jordi Gracia. Se calienta. Coincido de pleno con su radical aborrecimiento de la quejumbre como postura cultural. Se deja, en consecuencia, imaginar que leí su panfleto El intelectual melancólico (Anagrama, 2011) con gusto asentidor y risueño.
 
Su Ortega es un ensayo magno, ignoro si objetivo (como ha afirmado de él, elogiosamente, Vargas Llosa), pero en cualquier caso franco de sectarismo. Aquí no se trata de ensalzar o derribar la figura, sino de mostrarla con la mayor complejidad posible, lo que supone meter en el mismo saco méritos y deméritos, aciertos y errores, virtudes y defectos. El lector podrá sacar después sus propias conclusiones; eso sí, a partir de un tupido bosque de datos razonablemente expuestos por el estudioso con adecuado apoyo bibliográfico y abundancia de citas, y con el premio de una colección de fotos al final del libro.
El dibujo abarca también zonas íntimas (familiares, personales, amatorias) de Ortega; pero es, sobre todo, la historia detallada de una mente, claro que no de una mente cualquiera, en un país poco propicio para el ejercicio público de la excelencia. A menudo he oído hablar mal de Ortega, por razones generalmente políticas. La gente suele discutir con mayor frecuencia de política que de filosofía. Claro, es más fácil, no hay que haber estudiado. Han transcurrido los años y de aquellos que lo denigraban en las ligeras conversaciones de bar constato que ninguno ha dejado (para expresarlo con metáfora orteguiana) un surco siquiera leve ni en filosofía, ni en literatura, ni en nada. Yo confieso una sostenida simpatía por el personaje, aunque empecé a leerlo tarde, en Alemania, que acaso fue el país donde le habría gustado a Ortega nacer. No acostumbro adentrarme en los libros de los pensadores con el propósito de adquirir fe o de emitir sentencias y dictámenes a partir de una fe previa. Me da igual si Ortega fumaba mucho, era presumido o tuvo hijos implicados en el Alzamiento Nacional. Lo que me importa, como siempre, son las ideas y el trato dispensado al lenguaje. Y las ideas, no las opiniones o las creencias (como él muy bien distinguió), las entiendo como instrumentos útiles para entender el mundo y a los que lo habitan y a sus hechos y palabras. Y eso incluso en el caso de que yo no comparta dichas ideas, por cuanto pueden ponerme en la senda de desarrollar las mías propias y enriquecer así mi pensamiento. Ortega fue, además, un prodigioso orador y un prosista de fuste. A veces, sí, se pasa de rosca, complaciéndose en sus innegables aptitudes, pero sin ceder un milímetro en su intenso amor por la lengua hablada o escrita. Y esto también me lo hace admirable.
Antes que se me olvide, este blog está asimismo consagrado a la gratitud. Agradezco a Jordi Gracia su esfuerzo que ha conducido a un libro soberbio, tan apasionante como provechoso, además de ameno, bien fundamentado, bien editado y bien escrito. Que no nos venga luego Ortega y Gasset con la cantilena de que los españoles muestran una hostilidad instintiva hacia los hombres egregios.