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lunes, 16 de junio de 2014

DIFÍCILES COMIENZOS DE ESCRITOR




Es una historia común. El aspirante a escritor ha dedicado largos días de esfuerzo a la composición de un libro. Ha puesto en la tarea su mucho o poco talento. Es joven, es ambicioso, tiene energía, sus ilusiones están aún intactas. Le falta, no obstante, un nombre, grave inconveniente. El nombre, barnizado con prestigio, es una llave que abre puertas. Dichas puertas dan por lo general a un despacho donde hay un escritorio y, sentado a él, un director editorial, varón o mujer. El nombre, con el tiempo, también puede cerrar puertas; pero esa es otra historia.
Sea como fuere, el libro ha sido escrito. Existe completo desde el título hasta el punto final. Es, pongamos por caso, una novela, género que todavía vende, según dicen, y el joven autor alberga un legítimo deseo de granjearse lectores. No es especialmente placentero esforzarse en vano ni depositar las esperanzas en un empeño laborioso por demás. Está en juego no sólo el sentido de su trabajo. Peligra también su reputación de hombre dotado de aptitudes.
Ganar lo suficiente para mantener la actividad, he ahí el gran sueño de tantos autores. Escribir para poder escribir, esto es, para disfrutar de uno de los mayores bienes que nos puede deparar la vida: dedicarnos con intensidad y tiempo, cuando aún hay salud, a aquello que nos apasiona y con lo cual nos sentimos justificados ante el espejo y apreciados, más o menos, en la sociedad.
Tarea difícil, particularmente allí donde abundan los ciudadanos que criminalizan el dinero, esté donde esté, lo posea quien lo posea. El dinero, afirman, es sucio, perverso y directamente corruptor cuando se mezcla en asuntos artísticos. Una vieja tradición prescribe que se desconfíe del artista adinerado, sobre todo cuando su arte se basa en algo tan menesteroso como la palabra. Andará metido en tejemanejes, carecerá de escrúpulos morales, se habrá vendido al poder. Las mentes pequeñitas se expresan así.
Tocar el piano, esculpir el mármol, pintar lienzos, eso sí que tiene mérito. El dominio de tales artes requiere una pericia basada en un complejo aprendizaje y una sostenida disciplina. Exige, además, el manejo de instrumentos que por sí solos confieren un rango selectivo. Son caros. Pero ¡usar con fines de medro la palabra, esa cosa gratuita y cotidiana al alcance de cualquiera, empezando por los niños! Y pretender cobrar por ello, ¡qué desfachatez! Cuanto más hambriento, mejor y más digno de veneración es el poeta.
 
De escribir a cobrar media un trecho con frecuencia largo, casi siempre cuesta arriba. Sabido es que Pío Baroja no percibió honorarios hasta su quinta obra. O que Jorge Luis Borges renunció de antemano a vender ejemplares de su primer libro, Fervor de Buenos Aires, editado a expensas de su padre, y optó por conchabarse con el director de una revista para que este los fuera introduciendo subrepticiamente, de uno en uno, en los bolsillos de abrigos y gabanes de personas con peso cultural.
De momento el escritor incipiente se conformaría con ver publicada su novela. A cualquier precio, o sea, gratis. Como tantos antes que él, podría costearse la edición, presentarse a un concurso literario o recurrir a alguna de las numerosas plataformas digitales que últimamente proliferan en internet.
 
Es el de los premios un camino sinuoso, una especie de lotería que con frecuencia endiña al presunto afortunado una fama negativa. Ganar un premio, pase; con el segundo galardón ya empiezan a correr en los mentideros locales rumores reprobatorios; a partir del tercero cae sobre él el apelativo desdeñoso de cazapremios. Claro que hay concursos y concursos. El Nadal dio a conocer en su día a Miguel Delibes o a Carmen Laforet; el Adonais, a José Hierro o a Claudio Rodríguez, excepciones estas que con el transcurso del tiempo han adquirido revestimiento mítico.
Poco ayuda un premio a un libro, por espléndida que sea su dotación económica, sin una promoción conveniente y sin una adecuada distribución. Cientos de escritores todavía guardan en casa, dentro de cajas con el logotipo de la imprenta, aquel librito que les premiaron en la provincia y que ellos van repartiendo poco a poco entre los allegados, los amigos y los compañeros de destino literario. Hay muchas formas de no triunfar en literatura y esa es todavía una de la más comunes.
Otro recurso para merecer los honores de la imprenta consiste en enviar la criatura por vía directa al editor. Tropecientos originales llegan cada mes a las sedes de las editoriales. Son innumerables los espermatozoides deseosos de alcanzar el óvulo y fecundarlo. A veces, sin embargo, suena la flauta. El libro, como suele decirse en la jerga editorial, supo defenderse solo; alguien con capacidad decisoria dice: este lo publico, y así ocurre que un día el atónito autor recibe una notificación distinta de esas otras que le han llegado en anteriores ocasiones: lamentamos comunciarle, agradecemos su confianza, etc.
Y, cuando no, sirva de consuelo recordar que son numerosos los escritores consagrados que en los comienzos de su carrera pasaron por el mismo trance. La historia de la edición abunda en casos de miopía extrema. La suma de rechazos a obras que después triunfaron, no sólo económicamente, daría para varios volúmenes gruesos. Algunos de dichos rechazos forman ya parte de la leyenda. Se dice que Carlos Barral lamentó toda su vida no haber publicado Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, si es que leyó la novela, porque esa es otra. Bien puede ocurrir que un empleado al cargo de la lectura de manuscritos no tuviera su día o simplemente no tuviera ganas de recorrer entero un fajo de quinientas o seiscientas páginas.
 
Es habitual que el editor juzgue a partir de los informes de lectura que le pasan. Y si llega a sus manos uno salpicado de objeciones, resulta comprensible que no se anime a leer el libro en cuestión. No otra cosa sucedió en Gallimard con motivo de un informe redactado por André Gide sobre un tocho que a este le había parecido un tostón. El tostón lo había escrito un tal Marcel Proust y llevaba por título En busca del tiempo perdido. Gallimard, en consecuencia, lo rechazó.
En tiempos más recientes tenemos el pintoresco caso de J. K. Rowling, autora de la serie Harry Potter, que dio lugar a uno de los negocios más lucrativos de la historia de la edición. Un año estuvo la Rowling llamando en vano a la puerta de las editoriales hasta que una niña de ocho años determinó su fortuna. El libro estaba sobre el escritorio de Barry Cunning, director de la entonces poco conocida editorial inglesa Bloomsbury Publishing. No muy convencido del valor de la novela, le pidió a su hija que leyera el primer capítulo. La niña se lo devolvió entusiasmada. Cunning decidió entonces publicar el libro. Pagó a Rowling 1500 libras de adelanto por derechos de edición, una limosna, y, seguro de que se venderían pocos ejemplares, recomendó a la aspirante a escritora que mientras tanto se fuera buscando un puesto de trabajo.
El escritor novel podría seguir consolándose con una lista interminable de célebres rechazos. A James Joyce le rechazaron Dublineses en más de veinte editoriales. Lampedusa pasó a mejor vida sin ver publicado su Gatopardo, un clásico de la literatura universal. Y John Kennedy Toole se suicidó porque nadie se dignaba publicarle La conjura de los necios. Varios años estuvo Lolita de Nabokov dormida dentro de un cajón, rehusada por editores pudibundos. Y, entre nosotros, novelistas de enorme categoría (Ramiro Pinilla, Luis Landero) también saben lo que es acudir a un editor y recibir el correspondiente portazo en las narices.
Lo cual, por cierto, no ocurre solamente en el terreno de la literatura. La misma experiencia frustrante ha sido vivida por infinidad de músicos. Un ejemplo. En 1962, cuatro chavales interpretaron quince canciones propias y ajenas en los estudios de grabación Decca. Un día después le tocó mostrar sus habilidades a otro grupo, los Tremoloes. Nunca ha trascendido el nombre del empleado de Decca que se decantó por estos últimos. En cambio, sí se sabe el nombre de los chavales rechazados que finalmente firmaron contrato con EMI: The Beatles. De poco sirve el talento sin paciencia.

(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el día 22 de diciembre de 2012.)