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domingo, 18 de mayo de 2014

YA SÉ DÓNDE TENGO EL ALMA

Pues resulta que sí, que tengo alma. Después de tantos años tentándome el cuerpo en busca de una imperecedera dimensión interior de la persona, mirando con atención radiografías por si se perfilaba entre dos órganos una mancha espiritual, desesperé de encontrarla. Ahora sé a ciencia cierta que la anduve buscando donde no estaba. Ahora que la he visto y acariciado, sé que vive fuera de mí, aunque cerca. Y así, he podido mirarla directamente a los ojos.
En resumen, mi alma es pequeña. Mi alma está cubierta de pelo. Se apena cuando me voy, se alegra cuando regreso. Tiene cola, me chupa la mano, me chupa la cara y también las orejas. Esto último produce un sonido cosquilleante como de burbujas que revientan con un leve estallido. Mi alma retoza. Mi alma mordisquea hierba y caga. Corre detrás de los gatos, le gusta el queso y, cuando escribo, se agazapa y duerme debajo de mi escritorio. Mi alma ladra. Si se salva, ladrará eternamente.