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miércoles, 7 de mayo de 2014

MI PERRA, ARNO SCHMIDT Y EL TINTORRO VERBAL



Mi perra me sacó ayer a pasear. Andando, andando, llegamos ante una columna publicitaria. Miro y ¿qué veo? Un cartel anunciador de una exposición dedicada a Arno Schmidt, escritor a quien profeso gratitud. Con ocasión del centenario de su nacimiento, un museo de la ciudad de Celle (donde falleció a principios de junio de 1979), organiza una exposición de aquí hasta octubre. Me pilla cerca, no faltaré. Y mientras mi perra, un bichón habanero, tira de mí, pienso en las paradojas de la vida. Pienso en el escritor misántropo, adusto, recluido, que decía escribir para unos pocos, para especialistas, para seguidores incondicionales, y compruebo que no sólo, tantos años después de enterrado en su jardín, no ha perdido vigencia, sino que está ganando popularidad. Pienso en este país que me acoge y en el trato que dispensa a quienes consiguieron la excelencia de la palabra escrita. Pienso en una afable discusión que sostuve en un bar de San Sebastián, hace muchos años, con Gabriel Celaya. Él, ingeniero, hijo de empresario, postulaba la "conciencia colectiva", que en el fondo era una manera de tutelar al pueblo. Yo, un chavalillo del arrabal, hijo de un obrero fabril y de un ama de casa, diciéndole que no, que los de abajo no queríamos en los libros más de lo que nos sobraba, que deseábamos lo que nos estaba vedado: el lenguaje alto, las formas refinadas de la expresión, los vinos nobles de la literatura y no el tintorro verbal que hablábamos en casa a todas horas.