Páginas vistas en total

martes, 29 de abril de 2014

DEFINICIÓN DEL GILIPOLLAS




Por los tiempos en que me dedicaba a la docencia en Alemania, algunos alumnos que no dominaban la lengua española y que durante el verano pasaban sus vacaciones en España, a la vuelta me preguntaban por el significado de ciertas palabras soeces. Por ejemplo, cojones, cabrón, de puta madre. Uno se podía imaginar la pasta humana de los parientes que estos jóvenes alumnos (de 6 a 16 años) habían visitado en el pueblo de sus ancestros. No me costaba gran cosa explicarles con el debido aplomo el significado de los referidos conceptos ni describirles el tipo de situaciones en que suelen usarse. Más difícil lo tenía yo con el término gilipollas.
El otro día se produjo en el estadio del FC Villarreal un episodio que me habría permitido hacer comprensible el referido palabro a mis alumnos. Les habría contado que el gilipollas por antonomasia es un tipo que antes de salir de casa para presenciar un partido de fútbol coge un plátano del frutero, que yo supongo colocado en la cocina. Con el plátano en un bolsillo, el gilipollas por antonomasia se dirige al campo de fútbol donde su equipo se dispone a jugar contra otro que puede caer mejor o peor, pero del que lo menos que se puede decir es que está cuajado de estrellas, con la posibilidad que ello implica de asistir a un hermoso espectáculo deportivo. Acababa, además, de morir su exentrenador, lo que, entre personas sensibles y educadas, suele acentuar los comportamientos de respeto.
El gilipollas tuvo una idea. No era una idea original. El gilipollas se caracteriza por albergar dentro del cráneo un músculo blanquinoso y húmedo, llamado comúnmente cerebro, que no le alcanza para recorrer largos trechos intelectuales, pero vamos a decir que funciona lo suficiente para llevar a cabo actos de imitación y, por tanto, para saber que antes que él, en otros campos de fútbol, gente de su calaña hizo lo que él se disponía a hacer.
Entonces Dani Alves fue a sacar de esquina y el gilipollas por excelencia le arrojó el plátano, como diciendo: tú, aunque juegues en el FC Barcelona, seas internacional y ganes al mes dinero suficiente para pagarme seis carreras universitarias en el extranjero, eres inferior, eres un simio y mira lo que te hago porque soy un gilipollas.
El futbolista pudo haberse enojado. Hizo otra cosa que mostró a los ojos del mundo (yo me enteré del asunto por la prensa alemana) la calidad de su persona y el extraordinario grado de gilipollez del gilipollas por antonomasia. Se comió el plátano, o un cacho, y sacó de esquina sin tan siquiera volverse a mirar al gilipollas, condenado de por vida a ver la cara de un gilipollas racista cada vez que se mire en el espejo.
La historia acaba con un toque didáctico salvo para el gilipollas, a quien quizá, nunca se sabe, convendría explicarle el sentido de su acto frutal. El Villarreal lo identificó, le canceló el abono y le ha prohibido para siempre la entrada al estadio.
Pobre gilipollas, que durante unos instantes se sintió como un ser representativo de una raza superior. No me sorprendería que a estas horas le esté echando la culpa al plátano. En fin, agradezcamos que aquella tarde, en el frutero de su casa, no hubiera una sandía.