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miércoles, 23 de mayo de 2018

UNA NOVELA SOBRE JOSEF MENGELE



El libro llegó a mí, como buscándome, enviado por la editorial. La figura de que trata, identificada con nombre y foto en la cubierta, me interesó desde el primer instante. El mal ha gozado desde siempre de prestigio narrativo. Los malos suscitan historia, novelas, evocaciones. A uno le convendría rodearse de gente buena en la vida. La literatura, en cambio, necesita asesinos, ladrones, violadores; en fin, sujetos que alteren el orden privado y social, y generen en consecuencia narración.
De Josef Mengele, el llamado Ángel de la Muerte, vi en cierta ocasión un documental en una cadena de televisión alemana. Mi curiosidad por él no es morbosa. Quiero saber cómo piensa, siente, se comporta, un hombre de su calaña, capaz de experimentar cruelmente con niños y matarlos; capaz de silbar arias de ópera mientras, en la rampa de selección de Auschwitz, con gesto risueño, decide sobre la vida y la muerte de miles de seres humanos, convencido de estar haciendo algo bueno por su raza y su pueblo.
Conocí recientemente al autor de La desaparición de Josef Mengele, Olivier Guez, con ocasión del último Salón del Libro de Turín, donde coincidimos como finalistas del Premio Strega Europeo. Nunca antes había oído su nombre y probablemente él tampoco el mío. Ocurrió que en los actos previos al anuncio del premio, le tocó hablar de su libro como a los demás del nuestro. Supe entonces que se trataba del que yo había recibido pocos días antes por correo. De nuevo tuve la sensación de que la referida obra venía a mi encuentro. Al acabar la jornada, tuve ocasión de departir brevemente con el autor, que se maneja en diversos idiomas, entre ellos el español. No bien volví a casa, me abismé en la lectura de su libro, que me ha complacido sobremanera y por eso escribo estas líneas.
Una tercera y doble circunstancia me sirvió como quien dice el libro de Guez en bandeja. Me refiero a la lectura semanas atrás de dos obras de gran nivel. Estas lecturas vinculadas son como las cerezas del cesto. Sacamos una y con ella salen dos o tres. El primer libro a que me refiero es Filek, de Ignacio Martínez de Pisón, muy parecido a la historia de Guez por la técnica seguida, entre la historiografía y la ficción, y por la naturaleza de los respectivos protagonistas: dos varones en continua huida, impelidos a cambiar de personalidad y de vivir ocultos en la simulación y el engaño. El segundo libro es El orden del día, de Éric Vuillard, una tentativa lograda de contar los mecanismos internos del nazismo a partir de las vivencias privadas de algunos de sus protagonistas.
La desaparición de Josef Mengele cuenta básicamente episodios de exilio en Sudamérica de este criminal de guerra hasta su muerte por razones naturales en una playa de Brasil, en febrero de 1979. La historia está basada en documentos fiables, pero recurre a la ficción para llenar los huecos numerosos en el devenir sin testigos ni pruebas de una vida clandestina, con cambios frecuentes de residencia y ocultación de la personalidad. El lector recibe noticia de la llegada de Mengele con nombre falso a la Argentina; de su fascinación por Perón y Evita, que lo protegerán; del amparo que obtiene de los círculos nazis en el exilio. Mengele es un hombre discreto. Sólo revela migajas de su pasado a los más íntimos. La acaudalada familia lo sostiene económicamente desde Europa. Él mismo, disciplinado y laborioso, logra prosperidad. Regula su situación en la embajada de la República Federal de Alemania sin que nadie le pida cuentas. Contrae matrimonio en segundas nupcias. Los tiempos no se detienen, los gobiernos se suceden y Mengele, apretado por una creciente paranoia, se refugia en Paraguay, donde adquirirá la nacionalidad de dicho país. El dictador Stroessner lo protege. Así y todo, los agentes del Mossad no andan lejos, los mismos que secuestraron a Eichmann y lo llevaron a Israel para ser juzgado. Mengele es un prófugo incesante.
El siguiente destino del exiliado será Brasil. Los capítulos relativos a su difícil convivencia con el matrimonio húngaro que lo acoge son a mi juicio los mejores del libro. Asistimos en ellos a la progresiva degradación física del protagonista, a sus devaneos sexuales con la señora de la casa, sus peleas con el marido de esta, su empeño por negar el mundo rural, perdido en el culo del mundo, que lo rodea y a mil y una minucias de una vida cotidiana y penosa entre bichos, calor, manía persecutoria y el miedo constante a ser descubierto. Otro momento de gran potencia narrativa es el del encuentro, más bien desencuentro, de Mengele envejecido con su hijo venido a pedirle cuentas desde Europa.
Despido este rápido comentario con unas palabras sobre la traducción de Javier Albiñana. No he cotejado su versión con el original. No estoy, pues, en condiciones de juzgar su trabajo. Lo que sí puedo decir es que gracias a él el libro de Olivier Guez se lee como si hubiera sido escrito en lengua española. Nada disuena, nada entorpece la lectura fluida de un texto soberbio. Otro mérito más, y no pequeño, de esta edición.

Olivier Guez, La desaparición de Josef Mengele, Traducción de Javier Albiñana, Tusquets, Barcelona, 2018

viernes, 9 de marzo de 2018

SER UNO EN DOS CUERPOS

Foto de Axel Becker
Tengo un amigo llamado Axel Becker. En sus ratos libres se dedica a la fotografía. Ha hecho exposiciones. Sabe, entiende y posee una colección notable de cámaras fotográficas. Con ayuda de un dispositivo me hizo el otro día una foto donde me cumple el sueño imposible de ser dos personas al mismo tiempo. No dos personas distintas. A ver si me explico. Sería más bien el sueño de consistir en dos cuerpos idénticos. Para un escritor, semejante desdoblamiento entrañaría grandes ventajas. Un cuerpo saldría al mundo, acumularía experiencia, viviría infinidad de situaciones y aventuras. De vez en cuando volvería a casa a contarle al otro cuerpo lo que le sucedió, lo que vio o le contaron. El recluido escribiría obras a partir del relato de su parte viajera. De este modo uno podría consagrarse a la vida y a la escritura con parecida intensidad y sin apenas interrupciones. Como esto no es posible, salvo en las fotografías, no queda más remedio que apechar con una sola línea de destino. Ya es mala suerte.

martes, 27 de febrero de 2018

LLEGARON LOS LIBROS DE CRISTAL




Por Eva Cosculluela, librera de Portadores de Sueños y amiga, he sabido que mi nuevo libro, Autorretrato sin mí, acaba de llegar a las librerías españolas. También yo lo he recibido hoy por circunstancias de vivir lejos. La llegada de la caja (la caja por antonomasia, la caja mítica) con los primeros ejemplares, olorosos a papel y tinta nuevos, es un rito placentero en la vida de cualquier escritor. A mí me parece que es de las emociones que no cambian por muchos títulos que uno haya publicado. Suena el timbre. Llega el cartero con la nariz roja por el frío. Entrega la caja. Uno adivina antes de abrirla lo que contiene. La agarra, en consecuencia, con el mismo cuidado que si dentro hubiera un objeto de cristal o un bebé o, ya puestos, un bebé de cristal. Imposible fingir normalidad, continuar con la jornada de trabajo como si tal cosa. Uno abre la caja con una emoción que no decae con el tiempo, y eso que el tiempo tiene una capacidad de desgaste que no veas. Uno toma un ejemplar del montón en sus manos. Lo huele. Yo siempre huelo los libros, los propios y los ajenos. Y los toco/acaricio. Y no les doy un lametazo por razones que se dejan imaginar. Y al final, cuando el libro ya ha sido suficientemente sentido, se lo cedo a los ojos, que hacen lo suyo pero evitando, los muy cobardes, cuando el libro es propio, leer con demasiada atención, no vaya a ocurrir que el descubrimiento de una coma superflua o mal puesta, una errata, una imprecisión, dé con todo el placer por tierra y la criatura cristalina se rompa de pronto en mil pedazos. O en ciento veinte, qué más da.